
Pensaba en la importancia de ser criado con cariño, ojalá que con amor, como una verdad que sigue resistiéndose a ocupar el lugar lo suficientemente amplio que debería tener.
Como para que las instituciones vinculadas a la psicología y la educación salieran cada cierto tiempo de cara los medios para recordarlo. Los padres o quienes los reemplazan al asumir la crianza, dejan huellas profundas en la manera que el individuo que crece se ve a sí mismo y al mundo.
Es ilustrativa una experiencia que el psicólogo Robert Rosenthal llevó a cabo en los años sesenta. Su interés fue explorar la influencia de una actitud atenta de los profesores en el aula sobre sus pupilos. Al inicio del año escolar Rosenthal comunicó a un grupo de maestros que había identificado a los niños más brillantes del aula, dato que debían mantener en secreto.
En realidad no había existido tal evaluación y los nombres de los supuestamente más despiertos habían sido elegidos al azar. Sin embargo, la evaluación de fin de año mostró que las expectativas de los docentes habían colaborado en volver a los niños mencionados en los efectivamente más brillantes.
Nos pasa en el mundo adulto. Si alguien nos advierte que la persona a la que vamos a entrevistar es muy inteligente, una será nuestra actitud. Si por el contrario, la antesala de la presentación es que funciona con una neurona a la que le sobrevuela una mosca, ya está...
La novela "Desde el jardín" de Jerzy Kosinsky va por el mismo rumbo. Si recuerdan ustedes a Mister Chance.
Me preguntaba qué color podría tener la muerte. El negro pensé, ¿no es acaso el color que se usa en los velorios? Casi enseguida me interrogué, ¿y la vida? Debe ser el verde dije. Se asocia a la esperanza. A veces nuestras mentes funcionan así. Eligen los datos más simples y se guían de reglas que no siempre se cumplen. Sucede sin embargo, que esa suerte de caminar en automático nos aleja de un mundo de significados. El negro es también un color elegante, casi el mejor para un vestido de noche; y algunas vidas vagan sin rumbo, no importa si están en medio de un parque entre todos los matices del verde.
Por mi parte, recuerdo a G. a punto de dar a luz. Pasaba yo por la clínica y allí estaba ella esperando las señales de su nueva maternidad. La visité sin haberlo previsto, sin saber todavía yo en que consistía eso de ser madre. De L. me viene a la cabeza su voz ronca, sus maneras quedas un tanto austeras, su pelo negro. De F. el recuerdo es más vago. Una risa, el salto a la soga de un cocherito leré en el patio de primaria. Con C. compartí muchos momentos. El final de la universidad, el inicio de la vida profesional, el mudarse a vivir juntas y tener que vérnoslas con detalles domésticos para los que ni una ni otra estábamos dotadas. C. me enseñó a preparar unos tallarines que nos parecían sabrosísimos y yo la hice escuchar música latina que por cierto asimiló con mucho ritmo. Recuerdo sus pasos de mambo y sus momentos felices, sin olvidar la tristeza que hacía las veces de un viento fuerte e imprevisible que le venía de dentro, y la hacía tambalear por ratos. 