viernes, diciembre 10, 2010

La vista revista

Miranda la pequeña hija de Marisa, ronronea en la cocina. La-la-laaa. Sus onomatopeyas viajan por las paredes del departamento como lo haría un comercial de pañales. A ver si la pongo en contacto con un jinglerito y toda su parafernalia: Micros, piano, la grabadora de efectos. Es fácil imaginar a Miranda poniendo en acción sus cuerdas vocales. Tempranamente geek, con chamba y a punto de abrir su fotolog. Se trata ante todo de ser audiovisual. Hablando del tema, tanto tiempo alejada del teclado y tan sólo volver aquí no quiero pensar en la muerte del blog. La ficción sería como una tela de araña atada a la vida. Muy levemente quizás, pero atada por las cuatro esquinas. Decía VW, la escritora y no el carro pequeño que todos conocemos, que cuando la tela se estiraba o se enganchaba de costado, se rasgaba al medio. Entonces recordábamos que esas telas de araña no estaban hechas en el aire por criaturas incorpóreas. Más bien, que las ficciones literarias eran hechas por humanos que sufrían y estaban atados a cosas groseramente materiales como la salud y el dinero y las casas en que vivimos. Quien sabe el Nobel de VLL sea algo de eso. Quien sabe no.

viernes, agosto 20, 2010

Lo cálido


La nieve. Sigourney Weaver luce feliz recostada sobre uno de los blanquísimos montículos que acaba de formarse a la entrada de su casa. Con los ojos cerrados disfruta el contacto de los pedazos de hielo que cada cierto rato pone ella misma sobre su boca. Luego entreabre los labios y absorbe el agua congelada que acaba transformándose en líquido. ¿Hay acaso algo mejor que la estación más fría del año? Sigourney/Linda protagonista de Snow Cake, una película que se rodó en Canadá el año 2006, es autista y debido a su condición - al menos es lo que da a entender el film- tiene un umbral del frío demasiado alto. Le va y le viene. Es por cierto, una mujer madura que ha logrado hacerse cargo de su vida excepto al momento de criar a su hija que estuvo a cargo de los abuelos; y, al tener que vérselas con la basura. Los rituales que practica, es limpia en extremo, la han vuelto vulnerable al tacho de residuos. La sorpresiva visita de Alex resulta en este sentido idónea. El hombre, un tipo tan solitario como Linda que ha tocado su puerta sólo para decirle que ha sido testigo de la súbita muerte de su hija, accede a ser él al menos por unos días, quien saque el recipiente de restos a la calle. Me gustó el diálogo de ambos personajes en el momento que describo. En realidad el monólogo de Linda cuando le pregunta a Alex si él ha tenido alguna vez un orgasmo. Tras la afirmación acota Linda, mi hija me contó que era una sensación maravillosa. Y, imagínate, señala todavía con los ojos cerrados, lo que siento con el hielo es mucho mejor que eso. Ay Linda, digo yo, qué linda y me quedo pensando en la habilidad de volver cálido lo que fuera. O de no sentir lo frío, que a la larga es lo mismo.
Imagen: Yves Netzhammer.

lunes, junio 21, 2010

Más moderna que nadie

Dice la mujer: Los precios se han ido a las nubes. Una tienda de San Isidro te pide cuatro veces más que una de Gamarra. La tengo tan cerca que me es difícil pasar por alto su conversación. No hace mucho llevó una muestra de tela al jirón que se ha convertido en emblema del capitalismo popular en Lima. Y qué crees, le pregunta a una mujer alta no muy delgada que la escucha con atención. Compré los treinta metros que necesitaba para forrar la sala por casi nada. ¿Con el mismo diseño?, acota su interlocutora. ¡Síii! El entusiasmo de ambas me suena fuera de lugar. A fin de cuentas estamos en el velatorio de Nicolás. Trabajé con él hace un tiempo, pero su entorno me resulta tan ajeno como el diálogo que escucho. Ya he saludado a los familiares ¿qué hago acá? Si compras el cojín de plumas en Saga y la tela en Gamarra, mi tapicero te hace los almohadones que quieras. Las amigas alaban el barrio de migrantes rurales. Gente salida de la nada que creó el comercio popular más grande de Latinoamérica. Son sanisidrinas expertas en tender lazos entre un centro comercial y la populosa Gamarra. De pronto la charla se hace más íntima. La mujer revela a su amiga el motivo que la llevó a sustituir el forro de sus sillones. Su hija de dieciocho años y su enamorado de veinte, pasan todo el rato que él la visita en la cama de la chica. No bien llega el muchacho, los dos jóvenes se tumban entre los mullidos edredones del lecho. ¿Sexo a vistas de la familia? Ella no lo ve así. Es sólo que la tarima de la sala les resulta muy incómoda. En invierno además, la sala está muy fría. ¡Cómo no van a darse una tapada con las colchas del cuarto! Así son los chicos modernos, acota la segunda voz. Vaya. La supuesta libertad con la que la madre encara la educación de su hija me suena a espejismo. ¿Los chicos de hoy dictan sus maneras a los adultos? Que se sepa la sociedad humana mantiene sus pautas sobre el ordenamiento de la familia, el sexo, la manera de relacionarnos y hasta de consolarnos ante las pérdidas. Sin embargo vas a un velorio y digieres el dolor hablando de ofertas o educas en plan de facilitar cojines mullidos y hasta colchas. Como para corroborar que es en los márgenes de las reglas donde palpita el perfil de una época. Sólo hay que poner la oreja para detectar la manera loca en la que rendimos culto a la modernidad.
Imagen: Paul Cohen.