jueves, marzo 26, 2009

Menores sin mayores

No fue muy genial ser hija de J. D. Salinger. Margaret Salinger lo pensó toda su vida hasta que decidió escribirlo. Reveló entonces su encono contra Holden Caulfield, el protagonista al que J.D. había dado vida literaria en 1951. Margaret odiaba sobre todo el sueño del adolescente de diecisiete años, es decir que Holden imaginara convertirse en un guardián entre el centeno. Una suerte de cuidador de niños en un campo al lado del precipicio. Si alguno de ellos se acercaba demasiado al despeñadero, allí en medio del cereal con el que se hacen panes, Holden se ocuparía de librarlo del peligro. Que se dijera a sí mismo que su vocación era una locura no lo llevaba a verse dedicado a otra cosa. Dicho sea, al lector le queda la impresión de que al protagonista de J.D. tampoco le hubiera gustado encontrar una escuela para aprender el oficio de guardián entre el centeno. No. Tal vez era una de esas aspiraciones sólo para decirlas. Del lado de Margaret, pobre. No encontró en su padre algo del espíritu de Holden. En la vida real el escritor poco hizo para proteger a su hija de ningún acantilado y hasta podría decirse que con su indiferencia poco menos que la empujó a varios. La chica en cambio no llegó a curarse del deseo de que su padre velara incluso por sus sueños. Crecer en un entorno así hace pasar parte de la vida preguntando ¿y dónde están los adultos? En la otra, llegan los hijos y es uno el que de pronto necesita convertirse en uno de esos humanos que supuestamente han crecido.