martes, mayo 25, 2010

Una manera de ser feliz

Anoche estuve sentada en una butaca del ISIL. ¡Tres horas! Y es que, por si quieren saberlo, Tracy Letts el autor de ´Agosto, condado Osage´, decidió ir en contra de la tendencia del teatro de piezas pequeñas y se embarcó en una obra larga. La dirección de Juan Carlos Fisher respeta la propuesta del norteamericano. El espectador local debe acompañar los avatares de la familia Weston, reunida con motivo de la desaparición del padre, durante todo ese tiempo. El calor de agosto en el hemisferio norte, particularmente en Oklahoma donde nació Letts, se encarga de elevar la temperatura emocional de los Weston. En nuestra ciudad capital hay que agradecer un intermedio de quince minutos que alivia de la ferocidad de sentimientos y opciones de vida a la que nos exponen esos dos actos. Los actores lo dan todo. Emocionan, indignan, arrancan risas en algunos y muecas en otros. Apenan y hasta hacen exclamar ¡esto es demasiado! Qué temible puede resultar Violeta Weston en la piel de Claudia Dammert. Y qué sóla. Su hermana Mati a cargo de Ana Cecilia Natteri, es aún más infeliz. Una mujer maldita que no atina a responder por el desarrollo de su único hijo a quien anula. Suele haber una madre del cordero en la historia de un ser intervenido para sembrar el mal. En este caso, lo ha sido la abuela Weston, de quien el espectador sólo oye hablar. El pasado familiar de las hermanas ha sido dramático. La trama se teje sin embargo, con algo más que con un hilo psicológico. La colonización se revela como una herencia de apropiación de tierras y almas que se paga con el sin sentido. Así lo experimentan los nuevos habitantes de la supuestamente grandiosa Norteamérica. Los Weston no saben más que de desalientos. La indígena que entra a trabajar en su casa en cambio, heredera de una raza desposeída y arrinconada, intuye como vivir la vida. La colma la bendición de un trabajo. Hasta sabe cantar a los misterios. Una tonada suya hacia el final de la obra, permite una relectura de lo que un sector de la intelectualidad norteamericana se pregunta hasta hoy: ¿Qué es finalmente una vida civilizada? Creo que nos identificamos sólo en pequeñas ráfagas con la opción de una familia decidida a vivir una vida donde reina lo peor del ser humano. La pieza nos protege más bien, al advertirnos lo que puede emerger si descuidamos nuestro propósito de ser felices. Pensaba en todo esto a la salida del teatro, cuando como para continuar la tragedia de la ficción, viví un episodio desagradable. Alguien a quien no veía hacía tiempo me interpeló en el pasillo. Quería decirme que mis palabras en un último correo electrónico la habían maltratado. Se veía que no intentaba comprender lo ocurrido, acaso volver fluída la comunicación. Sólo acusarme. Darse el gusto de mostrarse en público, justicieramente resentida. La vida es dífícil. Hoy estas líneas con las que recuerdo el estupendo trabajo del elenco completo de ´Agosto, condado Osage´, me saben a una manera de restituir el equilibrio. Acaso de ser feliz.

Imágenes: Fernand Leger.