martes, mayo 11, 2010

Las ganas de jugar otro juego

No hay cómo decir que la observación del escritor tres veces galardonado con un Pulitzer, Robert Penn Warren no sea tan aguda como nihilista. Se trata de un nihilismo inteligente que hace burla de nuestra inclinación a la melosería. Lean ustedes: "El niño llega a casa y el padre lo atrapa. El hombre, o la mujer, dependiendo del caso, no tienen nada que decirle al niño. Lo único que quiere el padre es que ese niño se quede sentado por un par de horas y que luego se vaya a dormir. No es amor. No estoy diciendo que no hay algo llamado amor. Simplemente estoy señalando algo que es diferente del amor pero que a veces es llamado amor. Podría ser que sin esto que menciono ni siquiera existiera el amor. Pero esto en sí mismo no es amor. Es simplemente algo en la sangre. Una especie de avaricia sanguínea, y es el destino del hombre. Es lo que tiene el hombre y que lo diferencia de una bestia feliz. Cuando naces, tu padre y tu madre pierden algo de ellos mismos, y van a tratar a toda costa de recuperarlo. Tú eres eso. Ellos saben que no pueden recuperarlo por completo pero intentarán sacar lo más que puedan. Y la hermosa y tradicional reunión familiar, como un picnic debajo de los árboles, se parece más a nadar en el tanque de un pulpo en el acuario". Quien no tiene nada que decirle a un niño es porque nunca aprendió a decirse algo a sí mismo. Menos aprendió quien no lo escucha. Sobre aquello que la reunión familiar haya sido vista como un picnic bajo los árboles, tal vez sólo por románticos e idealistas. Entre Jacob, las lentejas, y Esaú; Caín y Abel; el rey Lear de Shakespeare, o Freud y Melanie Klein hace rato consta que los humanos no vivimos haciéndonos cosquillas. Sin descartar la decisión de moldear el Tánatos para llenarse de fuerzas vitales. Alentar el Eros. Las ganas de jugar otro juego...