

La observación del escritor tres veces galardonado con un Pulitzer, Robert Penn Warren es tan aguda como nihilista. Dice Penn: "El niño llega a casa y el padre lo atrapa. El hombre, o la mujer, dependiendo del caso, no tienen nada que decirle al niño. Lo único que quiere el padre es que ese niño se quede sentado por un par de horas y que luego se vaya a dormir. No es amor. No estoy diciendo que no hay algo llamado amor. Simplemente estoy señalando algo que es diferente del amor pero que a veces es llamado amor. Podría ser que sin esto que menciono ni siquiera existiera el amor. Pero esto en sí mismo no es amor. Es simplemente algo en la sangre. Una especie de avaricia sanguínea, y es el destino del hombre. Es lo que tiene el hombre y que lo diferencia de una bestia feliz. Cuando naces, tu padre y tu madre pierden algo de ellos mismos, y van a tratar a toda costa de recuperarlo. Tú eres eso. Ellos saben que no pueden recuperarlo por completo pero intentarán sacar lo más que puedan. Y la hermosa y tradicional reunión familiar, como un picnic debajo de los árboles, se parece más a nadar en el tanque de un pulpo en el acuario".
A punto del cierre de la temporada veraniega 2010, acabo de darme con una foto. Fue tomada hace dos años, también a fines de marzo, en una playa al sur de Lima. Me llamó la atención la actitud despreocupada de la mujer. Su mano puesta sobre el bebe que cuida. Qué manera tan poco local de disfrutar de un espacio público me dije. Tiene pinta de europea, estadounidense o australiana. De ningún modo aparenta ser limeña y menos mazamorrera. Me detuve en el tono blanco de su piel y en el color rojo del coche. En el cuidado prodigado a un nuevo ser por parte de una madre biológica o quién sabe adoptiva. Nadie te lleva de aquí dice con su gesto, pero démonos un descanso. Sólo eso. Un descanso arrullado por la brisa del mar. Como si la mujer expresara sin proponérselo, la responsabilidad placentera de cuidar a alguien que crece. Ni siquiera por un segundo hace suponer que se trata de una tarea pesada.
Imagen: Hokusai.
Tashay es la empresa con la que Cecilia del Valle, artista visual, restauradora y diseñadora de modas materializa su deseo de lanzar al mercado una variedad de accesorios inspirados en representaciones gráficas de la América precolombina. La diseñadora entreteje con habilidad la aspiración de los antiguos habitantes de estas tierras de cosechar en abundancia – la palabra quechua Tashay evoca la confianza con la que los antiguos peruanos se entregaban a la producción artesanal- y el deseo de estar a la última. Sus prendas hechas de alpaca bebé, lino o seda y recubiertas de bordados, cuentas o petroglifos de plata, tienen el toque preciso de contemporaneidad. Un punto a favor de la tendencia a lucir pre-histórica y moderna a la vez. Del afán de mirar fuera sin descartar la mirada de casa. Cubrirse los hombros o el cuello aporta lo suyo en el arte del vestir: permite combinar y sin gastar mucho.

De Rafael Argullol: "Siempre hemos estado en manos de simuladores, y lo aceptamos porque nosotros también lo somos. La cuestión no estriba, pues, en una pugna entre veracidad y simulación, sino en la potencia que ésta demuestra para imponerse. Los grandes intépretes de la simulación son, precisamente, aquéllos capaces de transfomar el murmullo del eco en una música poderosa". Imágenes: Susy Gómez.