
También crítico de arte, afirmaba Huxley que la luz de ciertos paisajes cumplían con transportarnos a las remotas regiones del divino No-Yo. Precisamente por su fulgor, recomendaba andar con cuidado. Una prolongada estadía en los paraísos de la experiencia visionaria significaba peligro. ¿La razón primordial? Antes que contemplativos, estar atareados era la ley de nuestro ser.
Podría decirse que en virtud de una confianza ajena al miedo, Huxley no vivió sino visiones bienaventuradas. Muy distintas a las alucinaciones de los esquizofrénicos a los que mencionó en otro de sus libros: "Cielo e infierno" (1956). El sufrimiento de la locura les hace rogar volver alguna vez a la tranquilizadora trivialidad de la experiencia cotidiana. A los esquizofrénicos decía Huxley, hasta el cielo les parece aterrador.
Las creencias del escritor no sólo continuaron a lo largo de su vida, en su lecho de muerte Huxley pidió a su segunda esposa que le administrara una dosis de LSD, químico que en virtud de su recorrido le inspiraba mayor simpatía que cualquier sedante. En este caso las puertas que al decir del visionario solemos buscar para aligerar el muro que habitamos, no serían de vaivén. Extraño pensar en su deseo de administrarse una psicodelia de ida no más...
Imagen: William Blake.
2 comentarios:
Muy interesante el tema. La música de fondo te hace pensar mucho, viste que no me equivoque con la música te hace imaginar,
Con Philip Glass no hay pierde... Orfeo Café renueva su música cada cierto tiempo buscando acompañar las crónicas.
Publicar un comentario