viernes, marzo 21, 2008

Un intenso amanecer


Eran las cinco de la mañana cuando salí de mi habitación para mirar los cerros. El segundo piso de la casa de la playa ofrece una vista excepcional de ese lado un tanto alejado del mar y a esa hora la ausencia de neblina o el exceso de luz que suele envolver las formas de arena las hace del todo visibles. Se ordenan en varias filas y una luz rojiza se entreteje a sus tonalidades pardas y negras. Había estado leyendo temas de estética y tenía ahora una lección práctica. Me vino a la cabeza la mirada de un astronauta y el conjunto me sobrecogió. Una, dos, tomé aire. De la gravedad que hace que los humanos tengamos por habitat una esfera, pasé al síndrome de Stendhal. Así que uno puede turbarse hasta ese punto tras la contemplación de la belleza...

Cuando dejé el paisaje para internarme en uno de los laberintos de la urbanización, llevaba mi laptop bajo el brazo. Me animaba la intención de encontrar la zona pública de la señal wi-fi, servicio no disponible para las casas.

No tardé en encontrarla. Navegaba en busca de un por qué a la proliferación de Venus en la pintura de Occidente y en esas la exploración en la Red me llevó al blog de Rafael Argullol. Dice el filósofo que para entender el arte europeo hay que pensar en la unión entre Cristo y Venus. Le interesa la repercusión que un hombre en la cruz pueda haber tenido en la sensibilidad femenina en comparación con la suerte corrida por la mirada masculina, para la cual todo ha sido sensualidad, no cruz.

Cualquiera sea la respuesta, la mujer puede agenciarse su propia vida incluídas las sensaciones estéticas. De un lado hoy, me condujeron a mi infancia en una clase de geografía. Del otro me hicieron preguntar: ¿Por qué no se levantan todos? Me libré así mismo del mal de Stendhal, tal vez uno de los pocos malestares que vale la pena experimentar.

Imagen : Paul Gauguin.