miércoles, julio 16, 2008

Dar miedo, segunda parte

La vida adulta de alguien que creció sobrecogido por el temor suele ser bastante menos estable que la de alguien criado en condiciones menos adversas. Volvamos a Federico II en 1784, año en el que se ceñía la corona de Prusia. Su padre acababa de morir y la gestión que debía iniciar contaba con la expectativa del reino. ¿Qué habría de hacer un soberano que hablaba en francés y no en alemán, se carteaba con Voltaire y sobre todo, había sido criado no sólo a mano dura, sino durísima por su progenitor? Se esperaba con cierta lógica que se comportara de manera por completo opuesta a su padre, el Rey Sargento, pero no. Aún hoy cabe sorprenderse de que las cosas sucedieran de manera tan opuesta, al punto que los súbditos de Federico II llegaron a identificar el día que éste asumió el mando como “La jornada de los engañados”.

Los cuarenta y seis años que duró el reinado del pequeño Fritz, conocido por la historia como Federico el Grande, estuvieron marcados por una marcialidad insospechada. El nuevo rey inició su gestión con medidas que apuntaron a incrementar el poderío de su ejército. A continuación, comenzó a invadir países vecinos. Es decir, conquistó territorios y consolidó a Prusia como un Estado poderoso. Sus dotes de estratega fueron reconocidas años más tarde por el mismo Napoleón quien no vaciló en declararse su admirador. ¿Qué fue del sensible y vulnerable hijo de un hombre irascible?

No se sabe qué pensar escribió Thomas Mann (1875-1955), el célebre alemán, refiriéndose a la personalidad de Federico II en un artículo de 1914. Por su parte Walton, el autor del que he partido para hablar del miedo, subraya la reputación marcial que necesitó lograr Federico II. Se puede entender que su temor de perderla tenía que ver con la posibilidad de enfrentar un enorme vacío. A fin de cuentas, mejor sentirse militar que dar la razón a su tiránico padre.

¡A qué precio! Walton menciona las fobias de tan ilustre mandatario. La primera, su intolerancia suprema a los uniformes nuevos. Temía enfundarse en ellos a riesgo de sufrir un ataque de pánico. La segunda, su miedo al agua. La única manera de lavarse el cuerpo era con toallas ligeramente humedecidas en colonia. Un quehacer que quedaba a cargo de sus criados.

Como para llenarse de miedo ante lo que siembran quienes educan con miedo. ¿No creen?

Imagen: Kaloust Guedel.