Los cuarenta y seis años que duró el reinado del pequeño Fritz, conocido por la historia como Federico el Grande, estuvieron marcados por una marcialidad insospechada. El nuevo rey inició su gestión con medidas que apuntaron a incrementar el poderío de su ejército. A continuación, comenzó a invadir países vecinos. Es decir, conquistó territorios y consolidó a Prusia como un Estado poderoso. Sus dotes de estratega fueron reconocidas años más tarde por el mismo Napoleón quien no vaciló en declararse su admirador. ¿Qué fue del sensible y vulnerable hijo de un hombre irascible?

No se sabe qué pensar escribió Thomas Mann (1875-1955), el célebre alemán, refiriéndose a la personalidad de Federico II en un artículo de 1914. Por su parte Walton, el autor del que he partido para hablar del miedo, subraya la reputación marcial que necesitó lograr Federico II. Se puede entender que su temor de perderla tenía que ver con la posibilidad de enfrentar un enorme vacío. A fin de cuentas, mejor sentirse militar que dar la razón a su tiránico padre.
¡A qué precio! Walton menciona las fobias de tan ilustre mandatario. La primera, su intolerancia suprema a los uniformes nuevos. Temía enfundarse en ellos a riesgo de sufrir un ataque de pánico. La segunda, su miedo al agua. La única manera de lavarse el cuerpo era con toallas ligeramente humedecidas en colonia. Un quehacer que quedaba a cargo de sus criados.
Como para llenarse de miedo ante lo que siembran quienes educan con miedo. ¿No creen?
Imagen: Kaloust Guedel.
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