Haciendo un resumen diré que la mujer que llevaba la voz cantante se había mudado hacía poco y que la noche anterior, cuando estaba en la salita de la parte posterior de su edificio, en realidad un balcón de cara a un parque más o menos privado (pasea por allí uno que otro transeúnte) comenzó a escuchar el diálogo telefónico de uno de sus vecinos. Si hermano todo irá bien. La mujer se preguntó si alguna vez se habría cruzado con el dueño de la voz en el ascensor. El sonido salía del piso de abajo y el hombre también en su balcón, no parecía reparar en que podía ser escuchado por alguien más. La inversión está hecha continuó, pueden ustedes venir a Lima en cualquier momento. Hubo una pausa y como si estuviera en un cine mudo pero de imágenes, la mujer oyó una voz femenina. Te advertí que no entraras en eso, dijo. No te metas tú ahora en esto, retrucó él. Pasó un minuto en el cual la narradora dedujo que el hombre marcaba el número de su socio. Era perfectamente posible, dado que comenzó a hablar con alguien sobre la visita que tendrían. Finalmente le soltó: Tendremos que darle vuelta o nos meterán adentro.

Y se fueron. Esperé todavía un rato en la mesa antes de decidir que lo que había oído no eran mis cebollas. La traducción de la expresión que se usa en francés a propósito de algo que no nos incumbe resulta forzada, pero pueden estar seguros de que no hablo de cebollas por gusto. La planta que tiene tantas capas y que hace llorar, bien podría ser un emblema de algunas situaciones que se nos cruzan en el camino. Cuando dejé el café no sabía bien qué hacer, una cuestión de capas. Mis ojos además lucían vidriados, estaba llorando.
Imagen: Fernand Leger.
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