jueves, septiembre 11, 2008

Mirar para mirarse

Una muestra reciente a la que llegué un tanto tarde. No alcancé a oir por lo mismo, la poesía que Iván Fernández-Dávila leyó en el Centro Cultural Antares. A más de sus pinturas el artista plástico de venticinco años presentaba un libro. Abrí sus páginas al llegar a casa y recalé en las líneas que dan cuenta del poeta y sus inútiles palabras. Un testimonio de la urgencia de vivir en la utopía. En la cosa de doblegar la escritura para saberse en el mundo. Había visto yo en un previo el trabajo de Iván. Cordial me había pedido mi impresión en una carilla, la que llené efectivamente de palabras sentidas sin saber que iba a formar parte del tríptico de ´Vistas´, nombre de su individual. La transcribo aquí, sin olvidar enviar un aliento al pintor.

Iván ejerce como bohemio en un tercer piso. Allí pinta y vive, vive y pinta. Es un artista que ha iniciado el camino de encontrarse sin recurrir al último grito posmoderno: Usar como inspiración una foto o hacer a un lado el caballete. Iván necesita una modelo que le permita hacer suyo el gesto de un romántico. A imaginar entonces que de tanto en tanto una mujer sube las escaleras que separan la calle y su taller; un recorrido en el que se topa con varios gatos. Y es que Iván no sólo se rodea de esas criaturas de las que Borges decía que no eran más silenciosas que los espejos y que Neruda identificaba como arrogantes vestigios de la noche. Sus animales consentidos suelen formar parte de sus creaciones. Los gatos que sólo quieren ser gatos, como también decía Neruda, van y vienen entre lienzos, chisguetes y pinceles. No se oye un miau, a fin de cuentas esos gatos son gatos modelos.

¿Qué anima las variaciones sobre la presencia femenina en la pintura de Iván? ¿Qué sugieren esos personajes ensimismados a los que acompaña la vista de unos techos que apaciguan la mirada? El impulso erótico parecer fundirse con una intensidad que hace preguntarse por el lugar hacia el que viajan las fantasías de Teresa, Magdalena, de la figura desnuda con mandarinas, o de aquella que no deja de soñar aunque se encuentre en plena vigilia. Las pinceladas de toque expresionista abren y cierran interrogantes que se escapan finalmente por una ventana. El artista plasma el fondo de sus lienzos desde su buhardilla en Pueblo Libre alcanzando a ver hasta Magdalena, un circuito poco habitual si como hasta hoy se insiste en asociar el arte al distrito de Barranco.

Lo que le haya costado a Iván comenzar a trabajar entre sueño y realidad lo sabe sólo él. Cabe desearle la constancia que se necesita para continuar su exploración. Si es a contracorriente de quienes se empeñan en apartarse de la pintura, no quiere decir que el artista vaya a vivir fuera del presente globalizado. Es un dato contemporáneo mirar el mundo sin doctrinas, guiado solamente por el afán de mirarse a uno mismo y, ojalá, hacer mirar a los demás.

Imágenes: Muying, Teresa.