martes, septiembre 23, 2008

Un taxista en el museo


Estoy pasando unos días en Buenos Aires, alojada en un hotel de Puerto Madero. La zona vive un crecimiento inusitado. Proliferan edificios que valen su peso en oro. El metro cuadrado se ha ido a las nubes. Agreguen ustedes, que las calles del puerto difieren por completo de las del centro. Sus direcciones tienen nombres de mujeres. Ante tantas particularidades uno siente como si se hubiera creado una ciudad dentro de otra ciudad. El chofer del taxi que me lleva a mi hotel se queja de que no ha memorizado las direcciones de la ruta. Vaya con el buen hombre. La ordenanza que estipuló el nombramiento de  figuras femeninas del mundo de las artes y ciencias argentinas tiene más de diez años. ¿Por qué la autoridad  no habrá facilitado a los transportistas una guía con los nombres de las calles?  Hace falta que nos las dean,dice. Supongo que no le vendría mal tampoco un librito de conjugaciones,  me provoca decirle.  Un desliz revelador de su altura gramática, cuando  atravesamos la vía Victoria Ocampo (1890-1979), la intelectual vanguardista que fundó una revista literaria en el Buenos Aires de los años treinta. Para el conductor tanto Ocampo, como Martha Lynch, escritora, o Juana Manuela Gorriti autora vinculada a reivindicaciones feministas, son ilustres desconocidas. En todo caso, son personas de la cultura como dice, y pare de contar. La-cul-tu-ra, ese reducto imposible cuando uno quiere eludir los requiebros que hace buen tiempo abrieron un abismo entre el mundo letrado y el popular.

Es probable que el hombre hubiera estado mas despistado todavía en la exposición del cubano Félix Gonzalez-Torres en el Museo de Arte Latinoamericando de Buenos Aires, MALBA. La muestra del arte conceptual exige cierta información, o una naturalidad tal que permita al visitante romper con la idea de que en los museos se exponen solo cuadros. Gonzalez-Torres (1957-1996) presagió las rupturas contemporáneas con sus instalaciones. Basta trasponer una cortina hecha de cuentas de diferentes tamaños para comprobarlo. Una alfombra rectangular, aquí en la foto, se extiende en el piso como único objeto de la sala. La conforman caramelos envueltos con platina y vale la iniciativa de llevarse uno. Se puede interrogar mudamente al vigilante encargado de la seguridad de la pieza para corroborarlo. Luego puede venir el relleno. Es un arte que interactúa con el espectador, dice el hombre con maneras de entendido, pero eso si agrega, es solo un caramelo por cabeza.

Mas allá hay chupetes en un primer momento irreconocibles. Parecen una ruma coloreada que alguien dejó olvidada en una esquina. A llevarse también uno a casa. Si no, alguno de los papeles que semejan afiches colocados en el suelo. Uno es rojo, un segundo negro y otro blanco. Al menos servirán para que alguno de los chicos en casa garabatee en el lado no impreso, podría pensar el taxista.

Tras ver a un chico enfundado en una truza sobre una tarima rodeada de luces, que baila ignorando al resto del mundo al ritmo de su Ipod, ¿qué pienso yo? Me quedo pensando en el arte como un prolongado juego. Es sólo que si no se conocen las reglas... En cuanto a la cultura, abro la boca formando una O risueña al tiempo que retiro la envoltura platina del caramelo traído del museo. Me lo quedo entonces mirando como si fuera la esfera de Pascal.