
En la exposición `Pasaporte para un artista` las "Crónicas escogidas, una revisión crítica" de Blas Isasi hablan de ello. El peruano evoca la provocación de los años sesenta en Europa y EE. UU., época en la que los artistas del body art diluían las fronteras entre el arte y la vida, al proponer que el propio cuerpo se convirtiera en herramienta del quehacer artístico. El artista se sumía así en el papel de protagonista del deseo descarriado para expresarlo en escenas de onanismo, violación, automutilación o cópulas de visos escatológicos. Indudablemente, se trataba de un deseo que la sociedad había querido moldear con imposición y no de buenas maneras (una invocación hecha hasta por Freud: no nos queda más que soñar con una represión lo más dulce que se pueda si queremos hacer civilización).
Isasi se hace fotografiar por un compañero tras haberse infligido heridas en el brazo, o al practicar sexo de paga. A su vez va a visitar cadáveres a una morgue a los cuales fotografía para después situar en una composición editada. La vida y la muerte se unen entonces cuando sobre el occiso se inserta el vaivén de una sensual bailarina de falda corta.
Recorrer una muestra de artes visuales incluye hoy la posibilidad de tropezar con lo mismo que uno se las arregla para no ver en un puesto de periódicos. Es como si la ciudad recibiera el castigo que merece por no haber logrado integrar a todos sus habitantes. Si acaso necesito aclararlo, no invoco la moralidad en el tema. Me pregunto solamente, me pregunto a dónde va tanta provocación.¿Está desfasada?, ¿es un revival?, ¿nos tocaba?, ¿se está haciendo arte popular?, ¿es pose?...
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