La amistad entre Dolly y Catherine llena de frescura el relato. La primera es blanca y la segunda negra, importante distinción en un tiempo como el de los primeros años del siglo XX, en el cual la discriminación por el color de la piel alcanza hasta el lugar que deben ocupar los presos en la cárcel del pueblo. El carácter de Dolly contrasta con el de la rígida y autoritaria Verena, quien ha hecho fortuna en los negocios pero lleva una vida apartada. La pluma de Capote lanza el dato de la soltería como el único que permite al lector orientarse para calcular la edad de los personajes hasta avanzadas unas buenas páginas del libro.

Dolly y Catherine pasan la mayor parte del tiempo juntas, se acompañan al cocinar algún pastel, recoger raíces en el bosque o al reunirse en el cuarto de atrás de la casa donde Catherine alimenta a sus peces de colores. La cotidianeidad transcurre poética en el mundo al que Collin llega para iniciar su estadía, y no es mucho después que repara en que: “Nos hicimos amigos Dolly, Catherine y yo”. Al avanzar la lectura uno se entera de que Dolly y Catherine frisan los sesenta años.
La nostalgia de Collin al recordar lo vivido en esa época lo llevará a decir: “Si algún mago me ofreciera hacer realidad un deseo, le pediría una botella llena de las voces que resonaban en aquella cocina, de los murmullos y el crepitar del fuego, una botella llena a rebosar del olor dulce y mantecoso de la pastelería…”
Del arpa de hierba según Dolly: “…siempre nos cuenta algo nuevo…Lo sabe todo de la gente de la colina, de los que vivieron antes aquí. Y cuando nosotros estemos muertos, también contará nuestra historia".
Imagen:Andrew Wyeth.
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