
El pintor tuvo que pensar y repensar la oferta que le hizo el lujosísimo Four Seasons de Manhattan por decorar sus ambientes. Rothko estaba en la cumbre de su carrera y la suma era más que considerable en una época (los años cincuenta) poco habituada a pagar cifras de seis ceros por el trabajo de un artista plástico.
Dijo que no. Descartó la posibilidad de impactar a los comensales al punto de atragantarlos. Dejó de creer que los colores brillantes de bordes difusos que componen sus cuadros matéricos y espirituales, pudieran hablar de la intensidad de las pasiones humanas a esa élite concentrada en su apetito y su glamour. Rothko reparó en las limitaciones del arte para cambiar el curso frívolo del planeta.
En sus últimos años, su resentimiento comenzó a expresarse en tonalidades negras que plasmó en la Houston Church. El ambiente según Schama, no es ya el de la vida, sino el de la muerte. La misma por la que optó Rothko al suicidarse en 1970.
El programa de la BBC me convirtió en una teleespectadora atenta, que anotaba incluso comentarios de Rothko o Schama. Me quedé pensando. Aunque el estilo y las motivaciones inherentes a la abstracción de Rothko fueron reemplazadas en la mirada del público y de la crítica por el pop de los años sesenta, la incursión en sus cuadros sigue teniendo un sentido.
Como dijo su autor, sus superficies de color ofrecen bolsones de silencio donde podemos asentar raíces y crecer. La experiencia humana no es la de un árbol, pero reflexionar sobre ella nos hace florecer.
Imagen: Centro blanco, 1950, vendida en subasta este año por 54 millones de euros. ¿El resto es también silencio?
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