lunes, agosto 04, 2008

La nariz, el anillo y el dedo


La conversación entre las dos amigas inunda la oficina del Ministerio de Relaciones Exteriores al punto que quienes hacemos cola para renovar el pasaporte escuchamos con disimulo. Un gesto que está basado en la curiosidad natural y que en su lado aprendido, apunta a pasar el rato sin intervenir en la vida ajena. A algunos les ahorra el salvajismo de andar por ahí diciéndole al prójimo que se calle o sin más taparse los oídos. A considerar la opción del iPod, dispositivo al que se prenden sus usuarios con el tono de ´yo elijo mis sonidos, que los del mundo me interesan poco`. Pero también la posibilidad de que los diálogos de los otros sintonicen con los propios.

Aquí voy con la carnecita del asunto. La primera mujer en sus cuarenta y pocos, habla del radical cambio de horario que tiene previsto para este mes. Da a entender como si se hubiera caído del catre, que ha reparado no hace mucho en que puede arreglar su rutina como mejor le parezca. A todas luces su trabajo es lo que se llama independiente, y el servicio que ofrece no exige un contacto continuo con el público. Su decisión será pues, salir más temprano de su casa rumbo a la oficina, lo que quiere decir que volverá también antes de lo habitual. Le emociona la posibilidad de darse con una luz distinta en las calles, percibir el olor a tierra mojada de los parques, toparse con un tráfico que supone más fluido y en general encontrar en su camino gente a la cual no veía en su anterior plan cotidiano.

La segunda mujer escucha a su amiga sin compartir el entusiasmo. No sólo no tengo tu orden le dice sino que no tengo rutina, así que el asunto no me causa emoción alguna, salvo por ti. Voy de aquí para allá ya sabes, un lunes puedo estar trabajando y un martes a la misma hora salgo a navegar, no sé. Ahhh…, hace una pausa por completo absorta en lo que dice dejando traslucir que ella misma no sabía si considerar un demérito no tener una rutina, tras la cual prosigue. Señala que cree que se toma la vida con desenfreno y como si su frase le hubiera activado la memoria comienza a contar la escena de una película que ha visto en el cable. Una chica toma por asalto un vehículo público en Nueva York, mientras sus compañeros de pie en la vereda, la observan con complicidad. Saben que ha decidido colocarse en la parte descubierta del ómnibus para comenzar a aligerarse de ropas. La aplauden a cada prenda descartada mientras el chofer sorprendido se mueve apenas...

De vuelta a la realidad, Lima. En ese momento de la narración se abre la ventanilla de la oficina de pasaportes y las dos mujeres dejan la charla, probablemente para después. Sólo me digo un ¡vaya que disfruté con el sesgo poético de la conversación! Y luego, aunque uno meta la nariz en lo que no le importa, ¿pero es que realmente no le importa?, la observación de la vida cotidiana viene a veces como anillo al dedo.